Testimonios
 

"Una señorita me preguntó qué ropas llevaban cuando fueron detenidos...me hicieron pasar...yo me sentía bien, pero el olor...creo que nunca me voy a olvidar de ese olor..."

Testimonios de familiares de algunos de los 15 desaparecidos cuyos restos fueron encontrados en Lonquén en 1978,
entregados a la periodista Patricia Verdugo, para el libro que escribió en conjunto con Claudio Orrego,
"Detenidos-Desaparecidos: Una Herida Abierta." 1980

 

Olga Maureira, hija y hermana de cinco de las víctimas de Lonquén:

"Una señorita me preguntó qué ropas llevaban cuando fueron detenidos...me hicieron pasar...yo me sentía bien, pero el olor...creo que nunca me voy a olvidar de ese olor...El ministro me dijo que mirara bien, que recorriera toda la ropa y cuando viera algo de mi familia le avisara. Al principio no vi nada y me acuerdo que pensé "qué bueno, ellos no están aquí." Hasta que me paré frente a una ropa que me parecía la de mi padre. Un médico la tomó y empezó a abrirla. Ahí la reconocí, ahí supe que era de mi padre y me desmayé...El ministro me dijo que fuera valiente, que él me necesitaba, que yo tenía que ayudarlo...Seguí viendo ropa. Y ahí estaba la chaleca de mi hermano José Manuel. Y después la chaqueta de Segundo Armando. No pude más y me volví a desmayar. Yo no quería ser cobarde, no quería desmayarme. Pero me pasaba...Hicieron entrar a mi cuñada Hilda. Ella reconoció el pantalón de mi hermano Sergio. Y cuando la sacaron, la pobre lloraba mucho...Yo reconocí sus botas, su pantalón...La verdad es que reconocí los zapatos de todos. Le pedí al ministro que no dejara entrar a mi mami. Yo sabía que para ella el dolor iba a ser demasiado grande, porque eran su marido y sus cuatro hijos. Pero igual a la pobre le dio un ataque de nervios cuando me vio salir llorando y entendió que ellos estaban ahí, que estaban muertos..."

Purísima Muñoz, madre y esposa de cinco de las víctimas de Lonquén:

"Como madre y como esposa, es mil veces mejor que hayan estado muertos. Porque si hubieran estado por ahí sufriendo hambre, sufriendo frío, pensando en sus hijos, en sus esposas, en sus hermanos...Mil veces mejor que Dios los tenga en el Cielo y que hayan dejado de sufrir...fue un alivio. Porque terminó la tortura de todos los días. Cuando comíamos, hablábamos de ellos. Todo el tiempo pensando en ellos. ¿Estarían comiendo? Cuando llegaba el invierno, ¿estarán con frío, estarán bien tapados?...Por eso ahora nos sentimos bien. Y vamos a las minas y les rezamos. Nos sentimos mucho mejor que antes..."

Elisea Navarrete, esposa de una de las víctimas de Lonquén:

"Ahora me paso haciendo preguntas. Me pregunto, ¿lo mataron antes de tirarlo al foso?, ¿por qué lo matarían? ¿Por venganza, por odio? Me hago esas preguntas y no sé darme las respuestas yo sola."

Rosario Rojas, madre y esposa de tres de las víctimas de Lonquén:

"(El noche en que fueron detenidos)...Yo corría detrás de ellos y les decía: "Carabineritos lindos, no los maten, no han hecho nada malo"...Y se los llevaron. Comenzó entonces el calvario de esta familia: buscarlos en los campos de detención, preguntar y preguntar sin encontrar nunca una respuesta...Cuando los empezaron a desenterrar, que estaban amarrados con alambres y que estaban amordazados. Y después leí el informe del ministro Bañados donde se dice que no tenían balas en el cuerpo. A los pocos días escuché una radio de afuera que decía que los habían enterrados vivos en el horno. Eso no lo soporté, porque ¿verdad que no se puede soportar? Mis nervios ya no resisten y casi no me sirven los calmantes...Hay veces que quiero morime luego. Yo sé que Dios nos está probando, pero esta prueba fue muy dura..."

María Hernández Flores, hermana de tres de las víctimas de Lonquén:

"Y llegó el fatídico día 7 de octubre de 1973, día de torturas, miseria y dolor. Los miserables sacaron a mis hermanos casi desnudos, torturándolos y haciéndolos rezar para matarlos...¿Podremos perdonar a estos asesinos algún día? Creo que nunca, porque además de matar a mis tres hermanos, terminaron con nuestras vidas...los carabineros nos dijeron que los habían llevado al Estadio Nacional. Allá partimos y no sé cuantos días nos pasamos afuera del Estadio Nacional, desde las siete de la mañana hasta las once de la noche, esperando que salieran las asistentes sociales de la Cruz Roja para que nos dieran información. Siempre lo mismo: "aquí no han llegado, no figuran en las listas". Así pasaron meses y meses....Y todos parecían seguros de que estaban vivos. "Ser dirigente sindical no es un delito", nos decían...Y así, siempre tuvimos la esperanza de que un día iban a volver."

Carmen Flores, madre de tres de las víctimas de Lonquén:

"Yo siempre pensé que estaban vivos, que en cualquier momento iban a llegar a la casa. Nunca los soñé muertos. Los soñaba vivos y que volvían...Los he echado tanto de menos, tanto, tanto de menos...Tan injusto que fue...porque no tenían delito ninguno..."

 

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