MESA DE DIALOGO
DERECHOS HUMANOS
INTERVENCION DE LA SEÑORA SOL SERRANO
7 DE SEPTIEMBRE DE 1999
Comparto con muchos de los que me han precedido que nuestro objetivo central es ubicar los restos de los detenidos desaparecidos. Sin ello, no tendremos cómo recuperar nuestra dignidad ni reparar nuestra vergüenza.
Comprendo que para lograr ese objetivo, debemos también crear condiciones para que ello sea posible. No tengo enteramente claro cuáles son esas condiciones, pero a juzgar por el diálogo que ya hemos comenzado, la revisión histórica constituye una de ellas.
Quisiera hacer algunas reflexiones sobre como podríamos abordar este tema especifico. Son reflexiones, y quiero ser tan clara como sincera, tentativas y personales pues, al contrario de muchos de Uds., no represento a nadie en esta mesa.
El pasado se ha transformado en una dolorosa carga para la sociedad chilena porque hay aspectos de él que no terminan de concluir. El pasado está siempre en el presente a través de la memoria, pero el pasado no está siempre pendiente. No terminamos de hacernos cargo de la crisis del año 73. Pero de igual forma creo que nosotros los de entonces ya no somos los mismos. El tiempo no pasó en vano. La crisis y sus secuelas nos han transformado y por ello creo que estamos en un momento propicio de avanzar en algo que ya se comenzó: hacer del pasado historia, es decir, reflexión para el presente.
Es importante distinguir cómo esta mesa se puede hacer cargo del pasado. Creo que no nos corresponde y que sería contraproducente para nuestro objetivo, intentar construir una interpretación de nuestra historia reciente que todos compartiéramos. Ello sería de muy difícil realización y sería inconveniente porque adquiriría un cierto carácter de historia oficial reñida con la sociedad abierta, plural y diversa propia de la democracia que intentamos construir. La historia ha sido siempre y en todas las sociedades objeto de múltiples interpretaciones que obedecen a las preguntas de cada tiempo y cada generación. La crisis del 73, sus antecedentes y sus consecuencias serán para siempre un objeto principal de estudio de nuestra historiografía.
No es un texto de historia consensual lo que aquí queremos sino fuentes para la historia, para una reflexión sobre ese pasado. Ese pasado que comprende las violaciones a los derechos humanos y la crisis anterior de la democracia chilena.
Una abrumadora mayoría de los estudiosos de la realidad chilena, tanto aquí como en el extranjero, a pesar de la enorme diversidad de interpretaciones, coinciden en que el 11 de septiembre no fue un cuartelazo militar de un caudillo sino la consecuencia de una profunda crisis de la civilidad. Ese consenso lo recogió en su capítulo preliminar el Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación al señalar la profunda polarización en las posturas políticas del mundo civil y allí se precisan "los diversos factores, en gran medida ajenos a las Fuerzas Armadas y de Orden que las indujeron a intervenir, en septiembre de 1973".
Creo que cualquiera reflexión intelectualmente honesta tiene que hacerse cargo tanto de los motivos más estructurales que nos llevaron a construir una sociedad cargada de exclusiones, como del progresivo desafecto democrático de los distintos grupos políticos de la sociedad chilena. Podrá discutirse la periodificación de ese desafecto. Hay historiadores que ya lo ven en la década del 30, pero lo claro es que se fue generando un clima de mutuas amenazas que condujeron hacia la total polarización en 1973. La violencia ya estaba entre nosotros. Ninguno de los actores relevantes del período puede tirar la primera piedra sobre la crisis de la democracia por acción o por omisión. No se trata con ello de igualar responsabilidades, se trata de comprender la crisis de un sistema donde todas sus partes están de distintas formas comprometidas. El 73 fue responsabilidad de todos y triunfo de ninguno.
Ello explica históricamente el régimen militar, lo cual no significa justificar todo lo que sucedió durante él. La tragedia que nos sucedió como sociedad fue de tal envergadura, que en un punto no basta con establecer la causalidad ni la responsabilidad histórica. En un punto del horror ya no basta con preguntarse quién es el culpable. Recuerdo con abatimiento la impresión que me causó la discusión pública posterior al conocimiento del Informe Rettig y al tremendo asesinato de Jaime Guzmán: mucho más que el horror ante la muerte, la discusión giró - y me perdonarán la crudeza- en repartirse la responsabilidad de la violencia, como si tus muertos igualaran a mis muertos y nos pareáramos frente a la muerte. En algún punto surge la pregunta común de cómo nos pudo pasar lo que nos pasó, qué hizo cada uno para que esto fuera posible.
Yo tenía 18 años para el once, por tanto mi formación adulta se dio durante el régimen militar. Fui, al igual que lo soy hoy en esta mesa, parte del coro en el escenario de la tragedia. Y me dediqué a la historia de Chile para intentar alguna vez comprender qué nos había pasado. Hoy siento que la respuesta no está tanto en la causalidad histórica, por necesario que sea estudiarla, cuanto en tomar conciencia de que el horror de la violencia está en nuestra propia naturaleza, y que la reparación pasa también por dolernos juntos de haber construido una sociedad donde ella fue posible. Ese reconocimiento nos permite fortalecer una cultura donde no sea posible nunca más. A esto me refiero al decir que esta mesa puede contribuir a generar nuevas fuentes para la historia.
Ese proceso ya comenzó entre nosotros hace algún tiempo. Así como creo que la crisis de la democracia fue una responsabilidad ampliamente compartida, también creo que lo fue su reconstrucción. Ella no habría sido posible si -entre otros factores- la oposición de entonces no hubiera reflexionado sobre los errores del pasado. Si uno mira al conjunto de los actores de la sociedad chilena del 73 y la de hoy, creo que podemos convenir que a pesar de nuestras múltiples imperfecciones, hoy nadie reivindica la violencia como forma de lucha política. Que nosotros los de entonces ya no somos los mismos. Cuando miramos el futuro encontramos muchas más líneas de encuentro, pero el pasado nos divide por las heridas que hoy congregan a esta mesa y porque nuestro reconocimiento de los errores no ha sido suficientemente explícito, claro y profundo. Más aún, no todos lo han hecho.
El reconocimiento de los propios errores históricos no significa una derrota política. Esa es una identificación caduca en este fin de siglo, el siglo que en nombre de la dictadura del proletariado, de la superioridad de la raza o de la seguridad nacional se cobraron más vidas que en toda la historia de la humanidad. Es por ello que estamos asistiendo a un fenómeno inédito en los más diversos países de reparación del lado más oscuro de su pasado.
Es propio de las instituciones jerárquicas tener que ser solidarias con su propia historia. Es el caso principalmente de las religiones institucionalmente estructuradas, específicamente la Iglesia Católica. Es un signo época de gran envergadura que justo ahora, el Papa Juan Pablo 11 haya llamado a los católicos a no temerle a su propia verdad histórica porque la Iglesia estaba dispuesta a reconocer sus errores en distintos momentos de intolerancia y de violencia de los derechos fundamentales. Es esa libertad para ser solidario antes con los valores que con la historia, la única capaz de construir credibilidad en la sociedad contemporánea.
En síntesis, creo que si la reflexión histórica -concepto que prefiero a revisión histórica - es una condición que contribuye al objetivo específico de este diálogo, bienvenida sea y creo que en esta mesa podemos idear formas creativas, dignas y verdaderas para convocar a las personas, a los actores y a las instituciones a hacernos cargo de la responsabilidad que a cada cual nos cupo en la tragedia de Chile.
Como una forma de terminarla, de terminar la tragedia y poder abrir la historia.