Desafíos éticos de la sociedad chilena

Ponencia presentada por Manuel Ossa en la mesa redonda del PNUD el 19 de Noviembre de 1997


Esta ponencia tendrá dos partes principales. En la primera trataré de algunas carencias éticas, en la segunda esbozaré algunos caminos de búsqueda.

1 Carencias éticas

1.1.1 Competencia

En el Chile de hoy, para ser "valioso" no basta con ser un ser humano, sino que hay que haberse "hecho valer" y tener éxito, aunque sea desbancando a otros, a codazos y en la competencia de todos contra todos. Se construye aceleradamente una sociedad en que el mercado, supuestamente libre, va ocupando el centro de todas las preocupaciones, y donde las personas pasan a tener valor según los objetos a que tengan acceso, produciéndose una distancia creciente entre los pocos que tienen mucho y los muchos que no tienen casi nada, como también la angustia de los que se hallan entre ambos grupos, sea por ansias de alcanzar el de "arriba", sea por temor de caer hacia "abajo".

En virtud de la competencia total, nuestra sociedad actual exacerba el miedo o la angustia que todo ser humano siente existencialmente, por experimentarse como un ser fundamentalmente casual o fortuito o prescindible y que no tiene en sí mismo una razón suficiente para afirmarse en la existencia. El mercado laboral busca precisamente seres prescindibles...

Este sistema genera vencedores y vencidos. Entre los vencidos, hay quienes se resignan a perder su libertad. Un trágico símbolo de esta derrota está en la drogadicción. La pérdida de libertad que se produce por la adicción a la droga es significativa de la angustia del vencido: el joven desempleado que es adicto no puede soportar una libertad vencida por la competencia feroz, y prefiere alienar su libertad.

El sistema no tiene empacho en prescindir de los vencidos. Olvidarlos. Como en las oubliettes de los castillos medievales...

 

1.1.2 Mimetismo de consumo

Entre los que no se resignan, se va generando un resentimiento que almacena violencias futuras. Porque los bienes de que un grupo se apodera para su consumo se presentan ante los ojos de quienes están privados de ellos como si contuvieran la promesa de felicidad y plenitud que todo ser humano ansía y a las que tiende por ser naturalmente incompleto. De hecho estos bienes están sobre-valorados. Pues no pueden ni podrán nunca cumplir la promesa que se les atribuye. Pero, por obra de los medios de comunicación y de la propaganda comercial, la sobre-valoración de estos bienes de consumo ha llegado a ser un consenso cultural. Consenso con distinto signo, pues se han vuelto imprescindibles para quienes los tienen y gozan, y objeto obsesivo de deseo para quienes aún carecen de ellos.

Así, en virtud de la tensión existente entre los grupos sociales, entre deseo, de un lado, y defensa, del otro, se enfrentan estos grupos como rivales con respecto al mismo tipo de bienes. A la necesidad real de ciertos bienes básicos que tiene el grupo más pobre de la población, se agrega la necesidad experimentada por otro grupo de tener otros bienes, en los que parece cifrarse la felicidad de todos. Precisamente el hecho de que unos pocos se hayan apropiado de estos otros bienes, no básicamente necesarios, es lo que los hace apetecibles.

El mimetismo del consumo nos coloca a todos juntos sobre un polvorín de violencia.

 

1.1.3 Derechos humanos

-Somos una sociedad que se ha construido tolerando que haya niños, mujeres, hombres que no logran satisfacer cada día sus necesidades básicas. Es ahora irrelevante.que su número haya disminuido, pues de todas maneras son muchos. Son indigentes o pobres en razón de los sacrificios que exige un sistema, no por desidia propia. Entretanto, otra parte de nuestra sociedad, nos estamos aprovechando de este sistema de inequidad y no levantamos nuestra voz, ni se nos ocurre otra manera de compartir.

- Somos una sociedad que se ha construido, además, sobre la base del asesinato de mucha gente y el ocultamiento del mismo. Gente de Lonquén, Paine y Curacaví, para nombrar algunos de los lugares cercanos a la capital donde ha desaparecido gente sin nombre, los que se agregan a las listas ya conocidas que están expuestas en la antigua Villa Grimaldi y en las actas de la Comisión por la Verdad y la Reconciliación. Muchos de estos asesinatos y desaparecimientos están siendo ocultados por unas Fuerzas Armadas a las que se les sigue tributando honores y ascensos.

Esta doble violencia y traición, -la inferida a los pobres y a los desaparecidos y asesinados-, a la que se agrega la que estamos infiriendo al medio ambiente natural, es el precio pagado por el plato de lentejas de nuestra sociedad de consumo.

 

1.1.4 Libertad sin orientación ni contenido

En nuestra época, en que tanto se afirman las libertades - de mercado, prensa y opinión- estamos sin saber qué hacer con una libertad que, por otra parte, es más proclamada -como libertad de mercado-, que real, como libertad de personas.

Por esa vaciedad de la libertad verbalmente proclamada, se buscan autoridades y modelos que colmen el vacío. Por eso aparecen también maestros y gurúes. Por ello se busca iluminación de fuerzas ocultas de la naturaleza o de energías astrales. Pues nadie señala lo que hay que hacer, nadie asigna roles ni distribuye tareas. A nadie ni a ningún grupo se le ocurren tareas que discutir o planes que desarrollar en conjunto. Nadie tiene la osadía de inventar utopías sociales capaces de despertar consenso y de aunar esfuerzos.

Sin embargo, nuestra sociedad tiene una herencia y tal vez un talante autoritario, es decir, uno que le hace anhelar, ocultamente, estar fuertemente conducida. „Autoritaristmo" no es lo mismo que „autoridad". Autoridad viene de una palabra latina -augere- que significa „crecer" o „ayudar al crecimiento". En este sentido, autoridad es principio de orden en el crecimiento orgánico que ella debe propiciar, es decir, lo contrario de la anarquía. Pero la personalidad autoritaria, definida por la Escuela de Frankfort al meditar sobre el nacional-socialismo alemán, es la personalidad que se aliena en la autoridad, es decir, la que deja de ser autónoma y, por tanto, renuncia a todo crecimiento y madurez.

Pues bien, una parte de nuestra sociedad aceptó alienar su propia conciencia social, al dejarse dirigir dictatorialmente durante 17 años. Pero, al cabo de esa alienación, y cuando se creyó que se despertaba socialmente a una nueva conciencia, ampliamente compartida, parece por el contrario haberse quedado sin orientación, desilusionada tanto de las "autoridades" que antes la dirigían, como de la falencia o corrupción de las actuales. La tentación es grande, pues, de caer en un seguimiento ciego, o autoritario, de nuevos líderes autocráticos, sean éstos políticos o religiosos.

Además, por tratarse de libertades sin contenido, -libertad de cualquier traba en los ámbitos financiero, económico, laboral y comunicacional, pero sin tarea ni horizonte social-, se produce en muchos, sobre todo en los pobres y en los sectores medios, la terrible sensación de que los espacios del quehacer se reducen y se angostan, se privatizan o se clausuran: no todos pueden usarlos, ni todos saben para qué habría que ampliarlos socialmente. Así, nuestra sociedad actual es generadora de la angustia del sin sentido, tal vez, paradójicamente, por haber multiplicado las libertades, sin darle espacio ni definición a la libertad.

Nos volvemos poco a poco en una sociedad sin quehacer, sólo ansiosa de tener.

 

2 El orden solidario de la libertad

Si tal es el diagnóstico, ¿cuál puede ser el camino de una reconstrucción social?

Me parece que uno sería el de ayudar a que se despierte una nueva conciencia ética que lleve a un nuevo consenso.

 

2.1.1 Una nueva conciencia ética

Si se toma en cuenta, como lo advierte Rawls, que la cooperación social no es voluntaria -como puede serlo la pertenencia a otras asociaciones o grupos dentro de la sociedad-, sino que es necesaria, entonces hay que definir a la persona y, consiguientemente, a la libertad, en términos de cooperación social.

Por otra parte, si es cierto que sólo se es libre si se respeta la dignidad y libertad de los demás seres humanos, e inversamente, si los demás respetan la propia libertad, entonces la libertad de los unos depende de la libertad de los otros y de todos, es decir, „la realización de la libertad presupone un orden solidario de la libertad": nadie será libre, mientras no lo sean todos.

En Chile nos encontramos todavía en una situación dañada o alienada como seres humanos, en la medida en que no aceptamos - o que simplemente toleramos socialmente que algunos grupos sociales no tengan el espacio social y económico necesario para su existencia. La existencia de excluidos lleva a la deshumanización de todos, no sólo de los excluidos mismos, sino de quienes los excluyen y de quienes toleran la exclusión social. Recíprocamente nos estamos negando humanidad.

2.1.2 Hacia un nuevo acuerdo social

Esta situación advierte que el acuerdo sin el cual ninguna sociedad puede subsistir sanamente, o no existe, o se ha roto y todavía no se lo ha restaurado.

De ahí que la principal tarea ética de nuestro momento sea la de buscar cómo encaminarse hacia un nuevo consenso social, y una vez vislumbrado un camino, la de seguirlo.

Esta búsqueda parte de un supuesto: que todos somos capaces de tener un sentido de lo que es equitativo y justo. Cada cual percibe casi instintivamente lo que quiere o no quiere que otros le hagan. La reversibilidad de esta percepción constituye la regla de oro de la ética: no hacer con otro lo que no se quiere que el otro haga con uno.

A partir de este supuesto fundamental, el segundo paso consistiría en ponerse de acuerdo sobre lo que en esta exigencia o deseo personal es compatible con los deseos y exigencias de los demás, y, por consiguiente, sobre aquello que se estaría dispuesto razonablemente a ceder con miras a la convivencia.

Este acuerdo debería realizarse en el marco de un determinado sistema de metas y fines últimos, o en el de la aceptación de la existencia de una variedad de sistemas compatibles entre sí y cuya compatibilidad sea aceptada, tanto en virtud de la coherencia razonable de tales sistemas, como de la capacidad que éstos tengan de articularse entre sí.

 

2.1.3 Anticipación y esperanza

Un nuevo acuerdo o consenso social, pese a su urgencia y a la racionalidad con que se lo plantee, puede parecer irreal frente al vacío de proyecto, a la desilusión dominante y a la violencia social que está a la vista. ¿Hay alguna base para comprometerse en construirlo?

Como cristianos, compartimos con muchos no cristianos el deseo, la pasión y la visión de una humanidad verdaderamente humana. Pero como cristianos, creemos que esa visión tiene un fundamento absoluto y ha tenido una realización histórica en Jesús de Nazaret y su entorno. El vivió vuelto hacia un Dios distinto del que nos solemos imaginar: un Dios que no se fija en méritos ni deméritos, ni funda por tanto ninguna jerarquía de gente que „valga" más" o que „valga menos", sino que entrega a todos y cada cual un valor real propio, único e incomparable, que le dice que, por vivir, tiene en sí mismo razón y derecho de existir y desarrollarse y ser feliz. La existencia de cada cual, por muy precaria que aparezca, queda, pues, justificada no por algo extrínseco que se tenga -como virtud, riqueza o poder-, sino por el mero hecho de ser, esto es, de participar en la vida, que es la propia vida de Dios.

Por estar enteramente vuelto hacia ese Dios y saber que de él lo recibía todo, Jesús pudo tener la libertad de vivir enteramente para los demás y para ese Dios de todos. No necesitaba defender ávidamente ni posesiones, ni prestigio, ni poder. Habló de ese Dios suyo, a quien llamaba su Padre, y quiso hacer partícipes a otros de esa experiencia, invitándoles a recibir de ella el don de una nueva seguridad en la existencia. Ese don los liberaría de la angustia de existir precariamente o de sentirse prescindibles. Por ello les capacitaría para realizar la tarea de vivir relaciones sociales liberadas de las ansias de poder y de posesiones, ansias que son resultado de aquella angustia profunda de la existencia. A estas relaciones sociales nuevas, él las llamaba con el nombre de Reino de Dios.

Lo que Jesús de Nazaret vivió con el pequeño grupo de quienes le hicieron confianza y lo siguieron, terminó con el fracaso de un ajusticiamiento. Pero en ese fracaso mismo, sus seguidores de entonces tuvieron una nueva experiencia, tan inesperada como evidente para ellos: que el Dios anunciado por Jesús, ese Dios distinto, aprobaba la vida y la entrega de Jesús y asumía su muerte como propia. Esta experiencia es lo que ellos llamaron con el nombre de resurrección de entre los muertos.

Gracias a esta experiencia, los cristianos creemos que las relaciones sociales del Reino de Dios han sido vividas anticipatoriamente en torno a Jesús. Esta anticipación nos permite abrirnos a una esperanza que tiene que ver con nuestra historia actual, por muchos fracasos en los que ella pueda incurrir y amenazas de que esté rodeada. Es esta esperanza la que aportamos, pues, a la apasionante tarea común de construir una humanidad más humana. Es ella la que ofrece un fundamento absoluto al empeño por llevar a cabo un nuevo consenso social. Es ella también la que nos advierte que lo absoluto de este fundamento no se traspasa o transmite a ninguno de los proyectos en que se vaya realizando dicho empeño, por lo que todos ellos deberán ser sometidos responsablemente a criterios racionales de discernimiento.

 

Manuel Ossa B.

Santiago, Noviembre 1997

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