Chile, 25 años después de Allende
Antimemorias de un norteamericano
Por MARC COOPER, Editor asociado de The Nation de Nueva York. Trabajó como traductor del presidente Allende entre 1971 y 1973.
Este artículo aparece aqui con permiso del autor.
En un país como Chile que ha sobrevivido a su propia masacre, la memoria es siempre desagradable y ahora es, sin duda, impopular. Sin embargo, las ásperas manifestaciones que vi hace poco frente al reconstruido palacio de La Moneda -aunque no me ayudaron- me hicieron recordar algunos de los momentos más gloriosos que viví como testigo hace veinticinco años, cuando trabajaba en ese edificio como joven traductor del presidente socialista Salvador Allende.
La inmensa Plaza de la Constitución que se extiende frente a La Moneda, era entonces el escenario donde decenas y a veces cientos de miles de chilenos marchaban y se reunían en torno a las ideas y programas que creían claves en esa nueva era que despuntaba. La nación tomaba el control de su destino, se liberaba de la dependencia, recuperaba sus riquezas básicas, controlaba y redistribuía la riqueza hacia los pobres, se atrevía a construir un socialismo democrático. Para mí y para muchos de mi generación lo que vimos en las plazas y calles de Chile, después del mayo francés del 68, del otoño caliente del 69 en Italia y las huelgas estudiantiles norteamericanas, prometía iniciar un tiempo nuevo, marcado por el optimismo y la renovación a fondo.
Estábamos, por supuesto, equivocados. La última demostración masiva que vi en esa plaza fue el 4 de septiembre de 1973, en el tercer aniversario de la elección de Allende cuando medio millón de trabajadores, que sabían que el fin estaba próximo, desfilaron ante un sombrío presidente pidiendo a gritos que les dieran armas. Pero ya era demasiado tarde. Siete días más tarde, respaldados por la Casa Blanca y Nixon y financiados por la CIA, los militares chilenos hicieron su jugada. En pocas horas, La Moneda fue atacada con cohetes e incendiada por aviones Hawker Hunter. Allende murió, el Congreso fue clausurado, decenas de miles de civiles fueron capturados y el general Augusto Pinochet se instaló en el poder. Una semana más tarde tuve que salir de Chile como refugiado bajo protección de Naciones Unidas.
Chile no fue el preámbulo de la realización personal y colectiva de mi generación. Fue más bien nuestro punto político culminante. El golpe militar en Chile en el 73, fue sólo la obertura que anunció las masacres en Timor Oriental y las matanzas cometidas por el Khme Rouge en Camboya, la guerra sucia en Argentina, las campañas de tierra arrasada en Guatemala y El Salvador y la desestabilización orquestada por la CIA en Nicaragua con participación de los "contras", el ascenso del thatcherismo en Europa, la contrarrevolución de Reagan y Bush en Estados Unidos.
Esa fue la razón por la que me interesaron tanto las manifestaciones de más de cinco mil trabajadores de las AFP, que invadieron el centro de Santiago, tirando volantes, cantando, silbando, mientras bloqueaban el tránsito y enfrentaban o se encadenaban a los postes del alumbrado y a los bancos de las iglesias y enfrentaban a la policía antimotines que empleaba cañones lanza agua y bombas lacrimógenas. Demostraban una determinación que se parecía a primera vista a la de aquellos trabajadores que pedían armas a Allende para enfrentar a los militares. Pero había algo feo en ese escenario. Estaba en Chile, en 1998. Y como muchas cosas en el moderno Chile, esas demostraciones eran una ilusión. Esos trabajadores no luchaban por medio litro de leche para cada niño, ni por la nacionalización del cobre, ni por un aumento del salario mínimo ni por el control del mercado de trabajo por los sindicatos. No, esos trabajadores -hombres y mujeres- eran asalariados y vendedores a comisión del sistema de pensiones privatizado de Chile. Estaban furiosos ante un suave proyecto del gobierno orientado a cambiar las reglas de juego y evitar los fraudes que deterioraban el sistema. Si se aprobaba significaría una tenue protección para todos los trabajadores. Pero disminuiría drásticamente las comisiones de los vendedores que protestaban y que las ganaban haciendo trampas a otros fondos de pensiones. En realidad, los trabajadores que peleaban en la calle, luchaban por el derecho a seguir engañando a sus compañeros trabajadores.
Muy largo era el camino recorrido en estos veinticinco años. Desde que fui por primera vez a Chile, pocas semanas después de la victoria de Allende en 1970, mi vida se vio cada vez más entrelazada con ese país. Primero como estudiante, después como investigador en una editorial del gobierno y más tarde como traductor de Allende. Me casé con una chilena y formo parte de una extensa familia chilena. Pero a pesar de este profundo involucramiento, ahora me costaba mucho reconocer el país. Allende triunfó en Chile porque, mucho antes de su elección, una tradición de más de un siglo de democracia parlamentaria y una avanzada legislación social habían forjado una sociedad orgullosa de sí misma, con un elevado discurso público, y un compromiso nacional de ayuda mutua y solidaridad que aparecía, incluso en los gobiernos conservadores, como permanente sentido de justicia social. Ese Chile se ha desvanecido en medio de la amnesia colectiva.
Hoy día, después de diecisiete años de dictadura y ocho de "democracia", en que la Izquierda aparece como cómplice y coadministradora de un sistema grotesto, que permite que los asesinos caminen libremente por las calles y los torturadores sean elegidos para cargos nacionales, hace ostentación de ser una de las economías más inequitativas del mundo, donde la educación es fundamentalmente privada. Chile es posiblemente el país del mundo donde ha penetrado más profundamente la idolatría del mercado. Difícilmente tiene el récor en ese tipo de política cuyos reflejos campean a lo largo y ancho del mundo. Pero pocos países han retrocedido tanto como Chile en las últimas décadas. En Europa del Este, la economía está patas arriba, pero hay que considerar que décadas de cinismo estalinista y duplicidad lubricaron el camino a un capitalismo salvaje. Chile era distinto. En 1970, en vísperas de la elección de Allende, un investigador norteamericano detectó que los adolescentes chilenos -junto a los israelíes y los cubanos- eran los tres menos alienados y más optimistas jóvenes del mundo. Los años de dictadura militar y el cuarto de siglo transcurrido hasta ahora desde que comenzó la más ortodoxa aplicación social del modelo neoliberal, han provocado una especie de neurosis colectiva a los chilenos, que los enloqueció y los dirigió hacia el mercado. Hoy, los trabajadores industriales siguen asiduamente las informaciones sobre el precio de las acciones para saber de cuánto serán sus pensiones cuando jubilen. Sus hijos, pegan en sus uniformes insignias de colegios de élite, para que los pasajeros del Metro no piensen que estudian en escuelas de menor nivel social. Las librerías que alguna vez estuvieron llenas de clásicos políticos y sociales, acumulan ahora enormes pilas de traducciones de Anthony Robbins y otros gurúes del "camino al éxito". Los programas "educativos" de la televisión incluyen filmes de entretenimiento empresarial y buen trato a los clientes. Deslumbran avisos comerciales que muestran a extasiados gringos de ojos azules que ofrecen embelecos tales como sofisticados Smart Choppers para cortar vegetales o dispositivos Sure Fire a pescadores y campesinos del sur de Chile, donde los caballos siguen siendo el medio favorito de transporte.
Un reciente control policial en el acomodado barrio Vitacura detectó que un porcentaje de choferes multados por usar celulares mientras conducían estaban en realidad manipulando celulares de juguete o incluso réplicas de madera. Otros conductores de clase media manejan con las ventanas de sus automóviles herméticamente cerradas en pleno verano para fingir que tienen aparatos de aire acondicionado. Los trabajadores del exclusivo supermercado Jumbo cuentan que los domingos en la mañana, clientes vestidos a la moda llenan sus carros de exquisiteces, los estacionan al lado de sus vecinos o amigos para que éstos los vean y luego discretamente los abandonan antes de pagar la cuenta. En el ultralujoso barrio de La Dehesa están de moda las palmeras de Florida y tener mayordomos negros. Ahora prefieren dominicanos ya que la primera ola de inmigrantes peruanos pasó de moda porque eran demasiado chicos. En las destartaladas barriadas populares que rodean Santiago, las tarjetas de crédito Diners Club sirven para comprar papas y repollos, mientras Air Jordans y WonderBras se pueden comprar con créditos a doce meses.
Sí. Hay unos pocos y aislados grupos que protestan todavía por los desaparecidos, los asesinatos y los miles de crímenes impunes de los últimos veinticinco años. Pero los que protestan son acusados como una amenaza a la estabilidad y son tildados de provocadores, perdedores y hasta dinosaurios, en señal de que la nueva cultura comercial de Chile fue injertada sobre un cuerpo político carbonizado hasta los huesos. Sin embargo, y a pesar de todo el esfuerzo por imponer el olvido y de toda la loca charlatanería sobre el "jaguar" de la economía, de la modernización y del futuro global, Chile no puede escapar a su pasado. El 11 de marzo el hombre que encarna lo más oscuro de la historia de Chile, el viejo general de 82 años, Augusto Pinochet, renunció a su puesto de comandante en jefe del Ejército y acto seguido asumió el nuevo cargo de "senador vitalicio". Y como la Constitución de 1980, que impuso la dictadura, permite un cierto número de senadores designados, los ex comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas y Carabineros han constituido un fuerte "comité" en el Senado. Cuando sea preciso reunir la votación de dos tercios necesaria para cualquier reforma importante, el senador Pinochet tendrá poder de veto en sus manos, hasta que muera.
La continuidad de la relevancia de Pinochet en Chile es más emblemática que aberrante. La dictadura fue derrotada en el plebiscito de 1988, pero su modelo económico y político triunfó. Para los medios norteamericanos, la historia de Chile es sencilla: un dictador sanguinario forzado por la historia a borrar del mapa al comunismo, perdió la elección y ahora un gobierno civil dirige la transición a la democracia mientras mantiene el sistema de libre mercado. Pero la realidad es más complicada. En Chile no ha habido transición ni se vislumbra que la habrá en un futuro previsible. Lo que se ve, en cambio, es la consolidación de un nuevo modelo global, un modelo impuesto hace vienticinco años a punta de bayonetas y que se ha ido haciendo más refinado y "marketeado". Es un modelo que se nos propone a todos, en una u otra forma. "Chile es lo que yo llamo una democracia travestida", dice el sociólogo Tomás Moulian. "Luce como una bella y amistosa muchacha, pero si usted le levanta las faldas tendrá una gran sorpresa".
EL MILAGRO CHILENO
Hace poco The New York Times celebró este estado de cosas, diciendo que Pinochet dio "el golpe que comenzó la transformación de Chile desde el remolino propio de la república bananera hasta la condición de una estrella económica en América Latina". La administración Clinton quiere que Chile sea el próximo miembro del NAFTA. Dejando de lado el hecho de que la presunta "república bananera" produjo un montón de artistas, científicos y otros intelectuales de fama mundial, incluyendo a dos Premios Nobel de Literatura, el New York Times también está equivocado en economía. El crecimiento del 7 por ciento anual desde 1986, que citan con entusiasmo los defensores del modelo chileno, oculta otras cifras menos atractivas. Entre 1973 y 1986 no hubo crecimiento. Los salarios reales han bajado en un 10% desde 1986 y los salarios son todavía un 18% más bajos que durante el gobierno de Allende. Un cuarto de los chilenos vive en la extrema pobreza y un tercio gana menos de 30 dólares a la semana. Un reciente informe del Banco Mundial realizado en 65 países coloca a Chile entre los siete que tiene peor distribución del ingreso, junto a Kenya y Zimbawe. Para tener una idea de lo eso significa, sirve el siguiente ejemplo: en Estados Unidos que difícilmente puede ser considerado paradigma de buena distribución, el 60% del ingreso nacional va a los trabajadores y el 40% al capital; en Chile el 40% va a los trabajadores y el 60% al capital. El 10% de la población chilena más rica percibe casi la mitad de la riqueza total. "Los cien ricos más ricos de Chile ganan más que todo lo que el Estado gasta en servicios sociales", sostiene el senador democratacristiano Jorge Lavandero.
Chile es un caso de rápido crecimiento con escaso desarrollo, crecimiento concentrado en la exportación de recursos naturales. No han surgido ni una sólida clase media ni una bien pagada clase trabajadora. En el pasado, Chile sufrió cesantía crónica y los pobres sobrevivían gracias a una trama de bienestar social y solidaridad. La nueva economía desmanteló el sistema de bienestar y desmembró la ayuda comunitaria, al tiempo que imponía bajos salarios. ¿Cuál fue el resultado? Hay tantos pobres como siempre. La única diferencia es que ahora tienen que trabajar duro para seguirlo siendo. Es claro que "el crecimiento económico por sí mismo no resuelve los problemas de pobreza e inequidad" dice el economista canadiense Philip Oxhorn, "solamente los reproduce". Los partidarios del modelo chileno dicen que las desigualdades son pequeñas y constituyen un precio aceptable para un sistema que premia la iniciativa individual. "Tenemos un éxito extraordinario porque este sistema se aplicó sin oposición política", dice Jaime Vargas, un economista formado en Estados Unidos que trabaja para una consultora privada. "La gente conoce las reglas de juego y tiene que confiar en sí misma. La gente no participa en política ni en grupos de otro tipo: sindicatos, clubes o cualquier cosa. Chile -dice con orgullo- es un mundo de un individualismo increíble".
Orlando Caputo, uno de los economistas más conocidos de la oposición de Izquierda, tiene un punto de vista clínico. "El sistema chileno es fácil de comprender. En los últimos veinte años, 60 mil millones de dólares fueron transferidos desde los salarios a las ganancias del capital".
EL SUEÑO CHILENO
El cinturón de poblaciones con techos de zinc que alberga a un millón de los cuatro millones de habitantes de Santiago, vivió la efervescencia de los partidarios de Allende durante su breve gobierno y después se convirtió en ardorosa franja de resistencia a la dictadura. Los militares arrasaron con bulldozers los campamentos "Che Guevara" y "Nueva La Habana", y Pinochet "erradicó" a 200 mil habitantes de las poblaciones que reubicó en nuevos terrenos en las frías laderas precordilleranas. Pero otras poblaciones levantaron el estandarte de la oposición intransigente? La Bandera, La Legua, Pudahuel y especialmente La Victoria. Desde su nacimiento en una toma de terrenos en 1957, La Victoria vio dos generaciones de activistas de Izquierda y revolucionarios. Durante las protestas y enfrentamientos de mediados de los años ochenta, La Victoria estuvo a la vanguardia. Cuando las tropas dispararon contra un grupo de reporteros, hirieron de muerte al sacerdote de la población André Jarlan. Su sucesor, Pierre Dubois, fue deportado a Francia. Durante esos años y desafiando al gobierno militar, la calle principal de La Victoria -la Avenida 30 de octubre- estuvo cubierta con murales proletarios que denunciaban a los militares como asesinos. En las vísperas de las protestas, la dictadura ponía sitio a La Victoria con miles de soldados y a veces allanaba casa por casa. En medio de estos huracanes estaba Olga "La Roja", bulliciosa matriarca comunista de La Victoria, corpulenta, de hombros cuadrados y cabellera blanca. Fue arrestada en 1974 y llevada al famoso campo de concentración de Tejas Verdes donde estuvo dos meses. Olga regresó a La Victoria y organizó una olla común en su pequeña casa, que no solamente alimentaba a 200 familias sino también servía de puesto de comando y centro de control a la resistencia anti Pinochet de la población.
Cuando me sorprendía el toque de queda en La Victoria, cuando buscaba la última noticia importante sobre un movimiento de tropas por el precio de una hamburguesa o cuando simplemente buscaba refugio ante una nube de gas lacrimógeno en los años ochenta, siempre llegaba a la casa de Olga. Pero cuando la llamé ahora después de no haberla visto en diez años, me advirtió: "no te vengas por la calle principal. Te pueden asaltar los drogadictos. Ven por la parte de atrás". Cuando nos encontramos, no parecía haber envejecido. El mismo cuadro del cosmonauta soviético Yuri Gagarin y el mismo sombrero de paja cubano colgaban de la muralla precaria. Olga había terminado la olla común en 1990 y tuvo que sufrir el reflujo de la marea política. Muchos de los problemas de La Victoria son los mismos de hace diez años: alta cesantía, mala atención de salud, alcoholismo y una arrolladora epidemia de crack.
"La gran diferencia ahora -dice Olga- es que no tenemos organización". Los comités se evaporaron, los grupos comunitarios, los grupos políticos militantes, todos se evaporaron en el éter. "Ahora cada uno trabaja para sí mismo", comenta Olga. "La gente vive solamente para el momento. No recuerdan nada. Votan por cualquiera. No conquistamos el cambio al socialismo, pero deberíamos tener algo mejor que esto". Olga vive con una pensión de 95 dólares al mes. Su único lujo es el teléfono que le significa un quinto de su ingreso mensual. "Si uno intenta hablar con la gente sobre la necesidad de cambios", agrega, "lo único que hacen es encogerse de hombros". Ahora muchos políticos dicen que encabezaron la lucha contra los militares, cosa que a ella no le preocupa. "Es divertido", dice riéndose, "después de la guerra surgió un montón de héroes".
A un par de millas de la Carretera Panamericana, que se ahoga con el smog y frente al plebeyo Cementerio Metropolitano, visito a mi viejo tío Germain y a mi tía Manuela. La Población Río de Janeiro no podría haber sido llamada así por otra similitud brasileña que no fueran las infamantes "favelas". Germain y Manuela forman parte de ese tercio de chilenos que sólo ganan unos pocos dólares por semana. Han visto cambios -algunos para mejor- desde el tiempo de la dictadura. Pavimentaron la sucia calle frente a su choza, el grueso plástico de las ventanas fue reemplazado por vidrios y las lealtades de Manuela viraron desde Marx a Jehová. Germain pasó de un programa en que limpiaba las escaleras de un edificio público a ser vigilante nocturno por tres dólares la jornada. Pueden comer carne dos o tres veces por semana y no una sola vez como antes y un televisor a color Sanyo de 25 pulgadas (regalo de un hijo) domina el diminuto dormitorio y parece estar siempre encendido.
Algunas cosas siguen siendo las mismas. Ninguno de sus nietos puede soñar con ir a la universidad, por falta de dinero. Las visitas al médico -aun aquellas sudsidiadas por el desvencijado sistema de salud pública- son un lujo a que se puede recurrir sólo en casos extremos. La medicina en general -o sea la que da la capacidad de mantenerse a flote- sería imposible de costear si no tuvieran ayuda de familiares que viven fuera de Chile. Tampoco ha cambiado su firme conciencia de clase. Mi tía echa maldiciones cada vez que se habla de los militares o de sus aliados. Pero la vejez y décadas de derrota hacen que crea que cualquier respuesta política es una locura. En esos dos tercios de la población de Chile que está en la parte de abajo del sistema, el centro de gravedad político se desplaza cada vez más desde lugares como La Victoria a nuevos barrios como La Florida.
Situada al final de la línea norte-sur del Metro, a unos cuarenta y cinco minutos del centro, está formada por casas individuales en forma de estrechas cajas de galletas, con patios como estampillas y rejas de fierro. La Florida es un oasis para familias de clase trabajadora y baja clase media que trabajan doce horas al día. Tiene su propio mall, una estación de servicio Shell y un Mc Donalds que son como tres pirámides sagradas en las puertas del barrio que se han convertido en popular destino turístico para deslumbrados trabajadores que se transforman en excursionistas que las visitan los fines de semana. Hace diez años, ese trío de templos del consumo sólo se habría podido encontrar en alguno de los barrios más exclusivos.
Hoy, La Florida deslumbra como "el sueño chileno". Junte unos pocos miles de dólares y puede comprar una casa en esta versión chilena de Levittown. No importa que esté a veinte millas de cualquier parte, que las casas recuerden vagamente a Bulgaria, que el smog y el tránsito sean malditos. De todas maneras se sentirá rico en miniatura. Y aplicará un concepto que es nuevo en Chile: el estilo de vida individual.
Cuando entré al living de la casa de tres dormitorios en que vive Cecilia, y que tiene unos 85 metros cuadrados, sentí que necesitaba una capa de vaselina para poder entrar. La casa de esta mujer de 38 años, el horno microondas, el estéreo, el auto usado y el colegio particular para sus tres hijos, los pagan con créditos de todo tipo. Su marido gana unos doscientos dólares al mes trabajando en un plaza de peaje estatal. Cecilia es proveedora principal de la casa. Nunca habla de política a menos que se le pregunte. Es una convencida izquierdista que proviene de una familia de comunistas y gente del MIR, el grupo semiguerrillero de extrema Izquierda que fue pulverizado por Pinochet. Hasta hace poco, Cecilia era vendedora de una AFP. Después de tres años de exitoso desempeño, fue sumariamente despedida por no haber cumplido una cuota mensual de ventas. "No importa cuánto tiempo hayas trabajado en la AFP", me dice mientras bebemos una taza de té, "uno puede estar bajo la cuota sólo un mes, dos meses y kaput".
Explica con detalle surrealista la corrupción y falta de transparencia del privatizado sistema de seguridad social. Gracias a la "reforma previsional" que impuso Pinochet en 1981, todos los trabajadores en Chile, tanto empleados como independientes, deben entregar mensualmente un porcentaje de sus ingresos a un fondo privado de retiro que manejan una media docena de compañías privadas de inversión conocidas como AFP. A diferencia de Estados Unidos donde tanto patrones como trabajadores deben imponer unos y otros un 7,5% para la seguridad social, que se descuentan de las planillas, los empleadores chilenos no hacen ningún aporte y todo deben hacerlo los trabajadores. Los patrones tienen, sin embargo, el derecho a descontar las imposiciones de los trabajadores, y hay miles de historias de tal o cual empresa que "olvida" meses o incluso años para hacer los depósitos en las AFPs. Además, como muchos trabajadores chilenos son independientes o tienen empleos marginales, casi la mitad de los afiliados no tiene cotizaciones al día. Igual porcentaje tiene fondos de menos de 500 mil pesos, que difícilmente podrán costear una pensión. Las AFP invierten en bonos y acciones, de modo que entre ellas existe una competencia muy estrecha, para obtener la mayor cantidad posible de afiliados y fondos para invertirlos en los títulos que manejan, pero hay pocos incentivos a los trabajadores para que se desplacen de una AFP a otra. "Pero allí es donde entramos los vendedores", dice Cecilia. "Trabajamos a base de comisiones sobre los nuevos afiliados que reclutamos. Así que llamamos a todos los amigos y les decimos ingresa a esta AFP y te haré un regalo: una botella de whisky, un celular, un estéreo. Ahora el regalo de moda es una mountain bike. Como resultado de esto, casi la mitad de todos los afiliados se cambia de AFP una vez cada seis meses. Cerca de un tercio de esas transferencias, según el gobierno, son "irregulares", lo cual implica un fraude considerable.
"Mi mejor actuación fue en una fábrica de Valparaíso", recuerda Cecilia. "El sindicato tenía 34 trabajadores que decidieron afiliarse a mi AFP, al mismo tiempo. Cerré el negocio. Le regalé al sindicato un aparato de TV de pantalla gigante, una plancha a vapor y una juguera, que fueron rifados entre los trabajadores". Cecilia no se preocupa mayormente por estar sin trabajo. Tiene un negocio lateral como representante de algunos bancos. Como una "señorita Avon", recorre casa por casa el vecindario colocando líneas de crédito. "Sólo necesita acreditar los ingresos de los últimos seis meses", dice. Con eso se puede obtener un préstamo inmediato equivalente a cuatro meses de sueldo. Un préstamo pagadero a 24 meses con un interés promedio de 75 por ciento al año. "Mi padre se moriría si supiera lo que hago. Crecí con él leyéndome a Marx y Lenin", comenta. "Y todavía creo en todo eso. Pero no tengo elección posible. Es cosa de nadar o de ahogarse" (Continuará)
MARC COOPER
El mismo Pinochet que ordenó ejecuciones sumarias, cuya policía política torturó hasta la muerte a opositores cuyos cuerpos fueron lanzados a pozos con cal, que "desapareció" a más de mil ciudadanos, y que tuvo a miles y miles en cárceles y prisiones, el mismo Pinochet llegó a ser senador vitalicio porque en Chile impera la más absoluta impunidad. Y eso se debe no solamente a la existencia de una ley de amnistía que el régimen militar impuso para proteger a sus hombres sino también por la negociación materializada entre militares y políticos de centro y de Izquierda.
Después de una década de represión sangrienta, la Izquierda chilena reapareció vigorosamente en una oleada de masivas -y a veces violentas- protestas a comienzos de la década de los 80. A fines de la misma, la negociación con los militares reemplazó a la confrontación. En 1988 la oposición aceptó participar en el plebiscito organizado por el régimen de Pinochet. Para el dictador significaba ganar o ganar: el Sí le daría ocho años más en el poder; el No le permitiría seguir como comandante en jefe del Ejército y la elección de un gobierno civil, pero bajo los términos de la Constitución impuesta por la dictadura. Durante la campaña del plebiscito, la oposición de centro-izquierda, conocida como la Concertación, abandonó su programa de intervención estatal en la economía y todo cuestionamiento al derecho de propiedad. Los vagos llamados a la "reconciliación" sacaron de la agenda política la aplicación de justicia a los militares que habían cometido crímenes. La oposición civil ganó el plebiscito pero no significó en modo alguno el fin del modelo de Pinochet. En los meses siguientes al plebiscito y antes de la primera elección democrática, los democratacristianos y los socialistas -del viejo partido de Allende- sostuvieron amplias negociaciones con el régimen para diseñar la "transición" y lo hicieron aceptando casi absolutamente los términos de los militares: el Senado seguiría amarrado mediante senadores designados; los servicios de seguridad y los militares seguirían protegidos por la amnistía; también se mantendría incólume el arcaico sistema judicial proclive a los militares. El presupuesto militar permanecería autónomo e intocable. El nuevo presidente que se eligiera no podría remover a ningún comandante en jefe durante ocho años. Un ex capitán de Ejército me dijo: "Esta es la única transición en América Latina en que los militares salieron no sólo sin manchas sino también completamente vírgenes". La exigencia de miles de personas que al día siguiente del plebiscito pedían a gritos que Pinochet dejara la comandancia en jefe del Ejército, no fue escuchada por los civiles cuando se hicieron cargo del gobierno.
"Es muy embarazoso para nosotros", dice el senador disidente Jorge Lavandero. "Pudimos haber derrotado a Pinochet en el 83 y también haberlo vencido el año 88. Pero lamentablemente mi propio partido negoció con él para dejar de lado la democracia".
Los pasados ocho años de gobierno civil han sido un tiempo que algunos llaman de "realismo excesivo" y, como socios menos antiguos en este arreglo, los socialistas se han movido de una posición de oportunismo a una de complicidad como coadministradores de una de las economías neoliberales más rígidamente ortodoxas del hemisferio.
Al dar legitimidad a un sistema diseñado por sus enemigos, los socialistas trivializan la política y generan abundante cinismo. "Los jóvenes somos idealistas y tuvimos muchas esperanzas cuando Pinochet perdió el plebiscito y ahora sentimos que estamos siendo traicionados y que las cosas se resolvieron a espaldas nuestras", dice Pablo Bussenius, joven socialista de 25 años que es presidente de los estudiantes de Derecho de la Universidad de Chile.
"Ahora con Pinochet en el Senado, habrá más desilusión y abandono de la política". Este desencanto fue mensurable en la campaña parlamentaria para las elecciones de mediados de diciembre. Cuando comenzaban los quince minutos nocturnos asignados gratuitamente a los partidos políticos en la TV los ratings se desplomaban; el 20% de los televisores se apagaba. Y eso en un país en que la política ha sido tradicionalmente el principal tema de conversación a la hora de comida. No era sorprendente. ¡La derecha hizo la campaña defendiendo a los pobres! Y los partidos de la Concertación hicieron una campaña ruborizante: "El amor es mejor en democracia". Los chilenos pudieron ver en la pantalla parejas que se abrazaban y besaban.
Un foro político en TV puede, tal vez, ilustrar mejor la bancarrota de la actual política chilena. En un panel, cuatro candidatos a senadores por Santiago respondían preguntas insulsas de un moderador notoriamente poco coherente, mientras camareros de smoking les servían en cámara queques y pastelillos. En un costado del escenario estaban sentadas dos muchachas adolescentes (descritas por el moderador como "periodistas") ataviadas con breves minifaldas, anotaban preguntas que hacían los televidentes. Después de una tanda de avisos, el escenario se trasladó al patio del estudio de TV. El moderador entonces desafió al socialista a jugar ping-pong contra el candidato de extrema derecha, la UDI, partido fundado por la temida policía secreta de Pinochet. Mientras torturado y torturador golpeaban alternadamente la pelota, contestaban preguntas del moderador. ¿Qué puede haber pensado la gente que los veía? Cuando se contaron los votos el 11 de diciembre, se produjo pánico generalizado y no porque la coalición gobernante hubiera perdido un 5% de sus votos ni porque la extrema derecha hubiera desplazado a sus aliados más moderados. Un total del 41% del electorado potencial no se inscribió para votar o se abstuvo, anuló el voto o sufragó en blanco. No se inscribieron un millón de jóvenes de menos de 25 años. Estos habrían sido resultados previsibles para los norteamericanos, pero fueron un verdadero terremoto para los chilenos que están acostumbrados a participaciones del 95% o más. En Valparaíso, la segunda ciudad de Chile, el ganador resultó "ninguno de los candidatos", el 20% de los votos fue anulado. En Santiago, los comunistas, opositores al gobierno, doblaron su votación llegando casi al 10%.
Los resultados electorales revelaron un descontento escasamente sumergido. A pesar de la reticencia del gobierno a enfrentarse a Pinochet, o del 30% o algo así de la población que en una medida u otra todavía lo venera, el 70% de la gente tiene un rechazo visceral por el dictador. No puede aparecer en público sin protección, y siempre provoca rechiflas y protestas. Las encuestas mostraron sólidos dos tercios o más de la población que son partidarios de la renuncia de Pinochet.
Un valeroso juez español está actualmente recibiendo testimonios en el proceso contra Pinochet por "supuestos crímenes contra la humanidad", incluyendo el asesinato de ciudadanos españoles en Chile. El gobierno "democrático" ha rechazado la investigación. Y el presidente Eduardo Frei trató de bloquear el intento de algunos jóvenes diputados democratacristianos de llevar adelante su propio enjuiciamiento al general. Entretanto, el ministro de Relaciones Exteriores de Chile dijo que ese enjuiciamiento sería "profundamente inconveniente". Sin embargo, un gran número de líderes y dirigentes sociales y culturales de Chile ha dado público respaldo al juicio en España.
Hay algo quizás más significativo. Un ministro de la Corte de Apelaciones provocó tormentas en el establecimiento político cuando a mediados de enero aceptó abrir proceso ante una querella presentada por la presidenta del Partido Comunista, Gladys Marín, cuyo marido desapareció a manos de los militares. Trataba de bloquear el acceso de Pinochet al Senado acusándolo formalmente de "genocidio, secuestro e inhumación ilegal de cadáveres". Es la primera vez que un tribunal chileno acepta una querella dirigida directamente contra el dictador. Hasta ahora, la tan elogiada reconciliación en Chile ha sido desde un solo lado. Los militares nunca han sido llamados a purgar sus crímenes y ni siquiera han pedido perdón por ellos, de modo que se mantiene un profundo resentimiento popular, que rara vez se expresa en público.
En un viaje en bus a través del centro de Santiago fui testigo de una escena significativa. Un cantante callejero subió al vehículo. Todo esto es de tan común ocurrencia que los pasajeros chilenos están más allá del hastío, así que casi nadie fijó su mirada en el pobremente vestido cantante, un hombre de edad mediana. Pero mientras la mayoría de estos mendigos canta dos o tres canciones antes de pedir dinero, éste cantó solamente una canción. "Tú, no eres nada, ni chicha ni limonada", entonó, reviviendo la conocida canción de Víctor Jara, cantor popular de Izquierda cuyas manos fueron destrozadas antes de ser asesinado inmediatamente después del golpe. "Tú no eres nada, ni chicha ni limonada. Quítate del medio del camino, únete y salva tu dignidad..." Dos o tres jóvenes soltaron los fonos de su walkman tan pronto como tocó el primer acorde. Los treinta y tantos pasajeros del bus escucharon en silencio mientras miraban hacia adelante y observaban por la ventanilla. Pero cuando terminó casi todos le dieron monedas.
CONSOLIDACION DE UN MODELO
Recorriendo el centro de Santiago, uno se da cuenta de cuán mesmerizante y provocadora de parálisis es la cultura de consumo de masas cuando comienza. En nuestro caso -en Estados Unidos- al menos el consumismo norteamericano surgió como un producto natural del ascendente desarrollo económico. En Chile, el consumismo de masas a crédito es un sustituto del desarrollo. Para peor, antes de 1973, el consumo suntuario era tabú en un país todavía penetrado por un sentido de solidaridad social. La televisión no llegó a Chile hasta 1962. Antes de los años 80 no había malls y hasta hace pocos años no se conocía la fast food.
Imagine la impresión que siente el chileno medio cuando él o ella camina por la Alameda, principal avenida del centro, y ve mercaderías -chucherías muchas veces- de todo el mundo que pueden ser adquiridas con créditos de fácil acceso. A la entrada de cada gran tienda, de cada zapatería y hasta de cada farmacia, encuentra a una ubicua joven en un podium que ofrece créditos al instante.
¿Zapatillas Nike? Precio al contado 29 mil pesos, doce cuotas de 2 mil 900 pesos, o sea, el equivalente a 6 dólares. ¿Una botella de Shalimar? Precio al contado 16 mil pesos o diez cuotas de 2 mil 200 pesos. El sociólogo Tomás Moulian sostiene que la apertura del crédito a las masas es el último paso en la puesta en práctica del modelo económico neoliberal. Una de las más exquisitas ironías de Chile es que su libro sobre el tema "Chile actual: Anatomía de un mito", se haya mantenido a la cabeza de los libros más vendidos durante todo el año 1997. "Lo que tenemos en Chile -dijo en una entrevista- es el matrimonio de una economía neoliberal con una neodemocracia, una democracia simulada. El resultado final es un sistema neoliberal defendido ahora por los socialistas, sus adversarios históricos. Por su parte, Pinochet es un símbolo de esta contrarrevolución capitalista, que cambió profundamente nuestra cultura y hasta el capitalismo que hubo antes de él".
Moulian sostiene en lo fundamental lo siguiente: Los primeros dos años de gobierno militar solamente se orientaron a liquidar las reformas de la era de Allende, a liberalizar precios, rebajar salarios e imponer a los trabajadores las ahora familiares recetas económicas de la "terapia de shock". El período de los Chicago Boys (1975-1981), diseñado por Milton Friedman y Arnold Harberger, introdujo "reformas" estructurales, aumentó las exportaciones y creó grupos económicos endeudados con los bancos internacionales. Una draconiana legislación laboral apretó clavijas a los trabajadores y una ola de privatizaciones (incluyendo el sistema de seguridad social) lanzó a la mitad de la población bajo la línea de la pobreza.
"Sin embargo, de inmediato se recuperó la orientación", dice Moulian. "Con una matriz neoliberal, se reordenó y reprivatizó todo. Los nuevos grupos económicos que emergieron fueron mucho más fuertes que los anteriores. No se endeudaron con el capital extranjero, se asociaron con él. Y las enormes cantidades de dinero generadas por los fondos privados de pensiones fueron utilizados para alimentar estos nuevos grupos. Ha sido el dinero de los trabajadores el que ha construido la prosperidad de la elite. Este modelo chileno, dice Moulian, "anticipó lo que hicieron Reagan y la Thatcher. Los intelectuales neoliberales influyeron decisivamente a los militares, Chile inició temprano un camino que después han seguido todos".
Y agrega: "En este sentido el terror en Chile fue racional. Todo el modelo es francamente imposible sin una dictadura. Solamente la dictadura pudo disciplinar a la clase trabajadora y obligarla a someterse cuando sus salarios fueron rebajados y sus pensiones utilizadas para acumular riqueza para otros. Solamente una dictadura puede mantener un país quieto mientras la educación, las universidades y la salud son privatizadas, y cuando se impone una completa mercantilización de la fuerza de trabajo. Actualmente, bajo esta democracia simulada, la fuerza laboral está demasiado fragmentada para recuperarse y la población está enloquecida por el consumismo y aprisionada por el pago de los créditos".
PALABRA DE CORONEL: "COMPRAR O NO COMPRAR"
Recorra el Pequeño Manhattan del ostentoso barrio alto de Santiago y se encontrará cara a cara con los pocos que han trepado hasta la cumbre de la empinada pirámide de las clases sociales chilenas. La mitad de toda la construcción nacional en la pasada década se ha hecho justamente en las dos ricas comunas de Vitacura y Las Condes. En la ladera de un cerro, en el barrio La Dehesa, la mansión que es una réplica de Tara palidece al lado de la reproducción de Versalles. Parece que allí hay sólo dos tipos de vehículos, los Mercedes Benz y los buses shuttle que van y vienen llevando y trayendo personal doméstico que viene de los barrios populares; el mismo tipo de buses que viajan entre Soweto y el acomodado barrio de Bird Haven en Johannesburgo.
Un poco más cerca del centro pero solamente un medio paso más abajo en la escala social, la municipalidad de Providencia es una delicia de hermosos jardines y mansiones de tipo colonial. Su alcaldía es una villa toscana con columnas de mármol, vidrios de colores y lámparas de lágrimas. Su cuidado jardín de rosas es lugar favorito de encuentro de uniformadas "nanas" que llevan a niños en sus cochecitos a disfrutar del aire de la tarde.
Me reuní con el alcalde de Providencia, el ex coronel de Ejército, Cristián Labbé. Yo había conocido a su padre que era también coronel hasta que Allende lo llamó a retiro cuando rehusó rendir honores a Fidel Castro durante su visita en 1971. El joven Labbé siguió los pasos de su padre en el Ejército y Pinochet llegó a ser su mentor. Ascendiendo desde el aparato de seguridad del dictador, Labbé se convirtió en uno de los consejeros políticos de confianza, y fue secretario general de gobierno en los últimos años del régimen. Luciendo una camisa blanca con dos lapiceras Mont Blanc en su bolsillo, con el pelo rubio engominado, liso, peinado hacia atrás en el estilo preferido de la aristocracia chilena, Labbé me esperó con una taza de té en su despacho privado. Había un aire de hostilidad en su actitud. No por mi relación con Allende, que deliberadamente evité mencionar, sino porque, por sobre todas las cosas, yo era norteamericano. En el grotesco universo ideológico de extremo nacionalismo y neo nazismo latente en que vive Labbé, los norteamericanos somos vistos como socialistas entrometidos. Dice de partida que todavía está furioso por la presión que Estados Unidos había ejercido sobre Pinochet para que realizara el plebiscito de 1988. "Cumplimos cada una de nuestras promesas aunque nadie nos creía", me dice Labbé con la cara roja, congestionada. "Ni siquiera ustedes los gringos nos creyeron. Tuvimos aquí a cada uno de los órganos del gobierno norteamericano instalado como si fueran dueños". Por razones de eficacia periodística prefiero dejar pasar las acusaciones. Le pregunto por el legado de Pinochet. "Vivimos en democracia hoy en día solamente gracias al gobierno militar", responde con rabia. "Hoy los chilenos practican la moral del mérito y los incentivos. Los chilenos saben que si uno quiere hacer algo, puede hacerlo. Si lo hace bien es respetado y no despreciado. Hoy un Mercedes es un símbolo de éxito. Tenemos libertad de elegir, como dice Milton Friedman. Las personas son libres de comprar o no comprar. Antes teníamos dos universidades. Ahora tenemos 300. Antes teníamos un solo tipo de auto. Ahora tenemos veinte o treinta. Esa es libertad". Cuando le pregunto por el costo social de esa liberación, y si no ha quedado una herencia de los abusos contra los derechos humanos, Labbé me interrumpe con una sonrisa condescendiente. "Mire, déjeme hacerle una comparación", dice mientras sorbe un poco de té Earl Grey. "Imagine que hay un terrible accidente de automóvil. La víctima no tiene signos vitales y apenas respira. Es llevado a la sala de emergencia y toda su familia exige que se haga cualquier cosa para salvarle la vida. El cirujano corta y opera. El paciente revive lentamente. Va a cuidados intensivos. Sigue después con una dieta rigurosa. Se le restringen algunas actividades. Incluso es libre de elegir otro médico. Y un día va a la playa. Cuando se saca la camisa, su hermano ve que tiene un montón de cicatrices y marcas de suturas. El hermano se escandaliza, siente el impacto. ¡Dios mío! -dice- ¡has sido víctima de abusos a tus derechos humanos!". Al menos Labbé reconoce con su manera errática las cicatrices . Eso es más de lo que hacen no pocos de los que lo apoyan. Lo sé porque hay algunos que dicen: "La verdad es que en Chile no pasó nada". Incluso en mi propia familia. Después de hablar con el coronel camino unas pocas cuadras hasta el departamento en que vive mi prima Sonia, en Providencia, en un edificio que tiene la entrada vigilada. Mi prima tiene unos 55 años. Almuerzo con ella y con otra prima, Lisette, de unos 35, hermosa hija de un rico empresario. Ambas mujeres son lo que en lenguaje popular se llama "momias". Confieso que todavía no estoy preparado para el diálogo con ellas.
"Qué catástrofe han sido estos ocho años de gobierno (civil)", me dice Sonia. "Hemos retrocedido a las huelgas, el desorden y la corrupción. Pinochet era grande. Impuso el orden y despolitizó el país". Respondo: "Cierto, pero fue también responsable del asesinato y tortura de mucha gente". "Eso es lo que dicen fuera de Chile", interrumpe Lisette. "Pero no es cierto. Yo digo siempre que si tú no haces nada malo, nada puede pasarte. A mí no me pasó nada. Nunca vi a alguien asesinado. Aunque quiero decirte que estos ocho años no han sido tan malos como pensé que serían. La democracia no es tan mala como dicen".
Dejo pasar la última observación y vuelvo al tema de los muertos y desaparecidos. Hablo del asesinato de Orlando Letelier por la policía secreta chilena en Washington, del asesinato del general Carlos Prats en Buenos Aires, de los aproximadamente tres mil muertos -incluyendo mil desaparecidos reconocidos por la Comisión Verdad y Reconciliación designada por el gobierno- y, por último, de mi propia experiencia de haber salvado difícilmente con vida y haber salido una semana después del golpe y del hecho de muchos miembros de mi familia, incluyendo mi esposa, que tuvieron que exiliarse.
"No conozco bien esos casos", me responde Sonia con tranquilidad. "Todo lo que sé es lo que me consta personalmente. Y personalmente fui mucho más feliz y me sentí mucho más tranquila con Pinochet". Eso es lo que Tomás Moulian llama "la gran negación sicótica". Cuando no ha habido nunca algún reconocimiento por parte de las Fuerzas Armadas de que hayan cometido algún error, cuando el gobierno civil -incluyendo a los socialistas- no exige ese reconocimiento, cuando la derecha y la Izquierda proclaman a Chile como el modelo del futuro, cuando el dictador sigue libre y se convierte en senador, cuando los torturadores y asesinos disfrutan de la impunidad, entonces cualquier cosa que se diga en contrario tiene que ser mentira. Admitirlo sería reconocer el horrible precio pagado por los privilegiados de Providencia.
CUMPLEAÑOS Y BARRICADAS
Es posible que los militares chilenos no puedan soportar mucho tiempo la economía que ellos mismos crearon. Durante la dictadura los uniformados contrajeron enormes deudas hipotecarias por sus casas y se endeudaron para pagar sus automóviles de lujo. Ahora que han salido del ejercicio directo del poder, tienen que esforzarse por pagar las cuentas en una desenfrenada economía de mercado. "Ellos están muy preocupados", dice el experimentado comentarista de temas militares Raúl Sohr. "El militar es un hijo del Estado. Y tienen que regresar al Estado. Mientras el resto del país ha sido privatizado, los militares tienen sus propias escuelas, hospitales, campos de vacaciones, viviendas subsidiadas, movilización y universidades. Tienen pensiones estatales. Tienen su propio socialismo privado".
Más allá de la ironía de esta anécdota, hay también una advertencia acerca del futuro de Chile. Los militares no son los únicos ciudadanos que se equilibran en el filo de la navaja de la economía. La estabilidad económica del país se mantiene por la continuidad de las exportaciones y la expansión del consumo a crédito, dos pilares que pueden ser quebrantados por fluctuaciones en el mercado mundial. Ya la crisis económica asiática causó una caída en el mercado de valores chileno así como una baja del peso sin precedentes pero todavía controlable. La última vez que la economía chilena tuvo una crisis, en 1983, el país estuvo a las puertas de la rebelión a pesar de encontrarse bajo control del gobierno militar.
"El mayor enemigo de la estabilidad futura es una suerte de generalizada ignorancia y arrogancia que viene con el triunfalismo", dice Ricardo Israel, director del Instituto de Ciencias Políticas de la Universidad de Chile. "La gente se vanagloria diciendo que ahora tenemos las mismas cosas que se pueden comprar en Nueva York o Londres. Cargamos con el tremendo peso ideológico de la Iglesia y las Fuerzas Armadas. En Chile todavía estamos atrasados. Sin embargo muchos chilenos se engañan pensando que estamos en la vanguardia. Más que difícil. Podemos estar en la vanguardia de las tiendas duty free. Nada más".
Pero hay algunos curiosos síntomas de inquietud política en el último tiempo. El eviscerado movimiento sindical ha tomado finalmente distancia de sus "socios" en el gobierno. El pasado octubre, 70 mil jóvenes repletaron el Estadio Nacional -uno de los infames campos de la muerte de la dictadura- para un concierto en homenaje al Che Guevara, en el treinta aniversario de su muerte. La Izquierda dura, opositora al gobierno, ganó las elecciones estudiantiles en dos o tres principales universidades del país. Y cuando en noviembre ganó en la tercera, en la altanera y conservadora Universidad Católica, las repercusiones golpearon con fuerza tanto a la derecha como a la Izquierda oficial que apoya al gobierno. "Cuando los jóvenes de la elite votan por la extrema Izquierda, hay que pensar que algo está pasando", dice Sohr. El coronel Labbé dice "no puedo entenderlo. ¿Qué mueve a los estudiantes de la Católica a votar por los comunistas?".
Augusto Pinochet celebraba su cumpleaños número 82 en la tarde en que dejé Chile. Esa mañana sus partidarios civiles se alinearon en la vereda frente a su mansión en el Barrio Alto para aplaudirlo. Luego vinieron las visitas oficiales de todas las ramas de las Fuerzas Armadas. Como dijo más tarde un diario, "visiblemente emocionado", Pinochet contempló desde el balcón a la banda militar que tocó el Happy Birthday. Después, el general y futuro senador vitalicio les pidió la marcha Erika, seguida de su canción favorita, Lili Marlene, preferida de los nazis.
En "El Mercurio", principal diario chileno (que una vez recibió financiamiento de la CIA), Cristián Labbé publicó en la página editorial un elogio a "la visión del estadista". A las doce del día, unas pocas decenas de dirigentes estudiantiles se reunieron en el frente del Ministerio de Defensa situado en pleno centro y desplegaron una pancarta ofreciendo a Pinochet un pasaje sólo de ida a España como regalo de cumpleaños. Segundos más tarde, un grupo de carabineros atacó a los estudiantes y a los periodistas, con bastones y bombas lacrimógenas. Varios fueron detenidos. Nadie sabe cuáles fueron los cargos. A las ocho de la noche, Pinochet llegó a la llamada Casa de Piedra donde fue festejado por mil 300 anfitriones, incluyendo grandes industriales, oficiales del Ejército, figuras de la televisión y una ex Miss Universo. La Fundación Presidente Pinochet trasmitió el evento por circuito cerrado de TV a otros treinta y seis banquetes en honor del ex dictador que se hicieron simultáneamente a lo largo del país. Tres de las redes de TV privada también transmitieron el evento completo. Mientras estaba en el aeropuerto escuché por la radio la voz temblorosa de Pinochet haciendo declaraciones a sus partidarios. Decía que estaba "perfectamente enterado" de las "ambiciones destructivas" de los que criticaban a los militares. Sostuvo que cualquier intento de responsabilizarlos personalmente por el pasado debía ser considerado una traición, advirtió que "cualquier cosa que afecte a un solo militar afecta al Ejército en su conjunto".
Cuando el taxi en que viajaba atravesó el centro, nos quedamos atrapados en el tránsito. Unos cinco mil jóvenes protestaban en las calles bloqueando el tránsito, cantando y deseando al general "un cumpleaños muy infeliz y todas las penas del mundo". Para llegar al aeropuerto tuve que evitar los cañones lanza agua, las barricadas, las fogatas y las bombas lacrimógenas. Pero lo hice con gusto. Esa tarde Chile me pareció mucho más cercano al país que conocí hace 25 años. Las demostraciones eran muy distintas a las escaramuzas protagonizadas por los vendedores de AFP. Esos estudiantes luchaban por cosas que iban mucho más allá de su estrecho interés personal.
Los que vivimos el período de Allende, colmado de promesa, esperamos que esas demostraciones no sean los últimos coletazos de la rebelión y del ansia de liberación de esos años, sino que sean, a pesar de las diferencias, el catalizador que pueda mover a millones de personas a recordar que existe un futuro